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GRUPO DE ACCIÓN SOCIAL

Grupo de Acción Social

 

En breve mostraremos el tríptico de nuestro grupo en está página, trabajamos en ello. Disculpa las molestias

 

¡Hola a todos! ¡Paz y bien! Nos ponemos en contacto con vosotros para deciros que ya estamos en marcha y que a través de esta página queremos compartir con vosotros lo que hacemos a lo largo de nuestro caminar.

Ante todo queremos agradecer al grupo de Acción Social de adultos su acogida durante estos años.

Nuestro primer encuentro de este año (23 de septiembre de 2003) lo realizamos en compañía de los adultos. Pasamos una tarde muy agradable de convivencia con ellos y aquí os dejamos la oración y el tema que trabajamos.

 

ORACIÓN

Lectura: Vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces le avisaron: "Tú madre y tus hermanos están fuera y quieren verte". Él les contestó: "Mi madre y mis hermanos son éstos, los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra".

Oración:

Señor, primero nos hiciste a imagen y semejanza tuya,

y luego te haces como uno de nosotros.

Nos pasamos la vida queriendo ser como tú,

y tú, queriendo ser como nosotros: en el sufrir y en el disfrutar.

¡Y vaya que disfrutarías! ¡Mucho más que nosotros!

Sabías bien el valor y el encanto de cada cosa.

Y, además, las veías como obra de tus manos, de tu corazón.

Es que tú lo ves todo, Señor, con ojos y corazón de enamorado.

¡Qué maravilla, Señor, los ojos cuando miran,

cuando admiran tanta belleza!.

¡Pero mucho mayor es su encanto

cuando captan y transmiten amor!.

¡Qué ternura, Señor, tendrían tus ojos,

qué carga de amor humano

hacia los que querías, hacia los que preferías!.

¡Qué fuego en la mirada,

con esa pasión de amor,

limpio de deseos de posesión!.

Tu mirada, Señor, penetra,

pero no domina.

Ni hipnotiza.

Ni ciega.

Sí ilumina, atrae, anima, reanima, enciende, apasiona...

Hasta quererte, seguirte, dar la vida por ti.

Estás en toda muestra de amor sincero,

aplaudiendo,

y en todo amor adulterado, purificando...

Ojalá, Señor, viejos, adultos y niños

aprendamos a amar como tú quieres,

con el alma en el cuerpo

y con el cuerpo en el alma,

con todo el corazón, con toda el alma,

con todas las fuerzas...

Alfonso Francia

COMPARTIR

Es un tema tradicional en el vocabulario cristiano. Jesús nos enseña a compartir, y la Iglesia, siguiendo su ejemplo, nunca ha dejado de insistir en ello, aún cuando a veces, en la práctica, lo mismo que otras instituciones, la Iglesia no haya realizado acciones proféticas suficientemente elocuentes en este sentido. A pesar de todo, la Iglesia ha sabido, a lo largo de los siglos, organizar la manera de compartir con los más desfavorecidos, crear instituciones y engendrar grandes santos que han hecho del compartir el lugar privilegiado de su fe en Jesucristo.

Ya en el Antiguo Testamento, y en particular por influjo de los profetas, se insiste en la necesidad de compartir y de preocuparse por los pobres. La verdadera adoración a Dios pasa por dar limosna al pobre y compartir el pan con los hambrientos (Is 58,7). Ése es el verdadero sacrificio que agrada a Yahvé. La opresión del pobre es un ultraje al Creador, y ser buenos con los pobres significa honrar a Dios (Pr 14,31). Estas invitaciones a compartir, presentes ya en la Antigua Alianza, se amplían con la Nueva y se convierten en signos del Amor de Dios.

La primera figura que nos presenta el Evangelio de ese compartir que se nos exige en nombre de la fe, es Juan Bautista (Lc 4,10). Según Lucas, Juan Bautista afirmaba que para alcanzar la salvación había que repartir las ropas y los alimentos. Y Jesús insistirá una y otra vez en ello a los hombres de su tiempo: «Ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres» (Mt 19,21).

El modelo de compartir es el de la comunidad de Jerusalén, descrita de manera idílica por los Hechos de los Apóstoles: «Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común» (Hch 4,32). «Todos los creyentes... lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,44-45).

Los Hechos de los Apóstoles insisten en este compartir, en este ponerlo todo en común, como signo del Reino, pero también como alternativa práctica y cotidiana frente a un mundo de acumulación y de dominación. Y lo presentan como un signo que invita a la conversión y que arrastra a nuevos fieles al seguimiento de la Iglesia y de su Cristo.

Los primeros cristianos fueron profundamente conscientes de que no podían ser discípulos si no ponían en común sus bienes, si no se establecía entre ellos la justicia y la equidad, si no hacían real una cierta igualdad. Había en todo ello un aspecto utópico, relacionado con la fe en la inminencia del final de los tiempos: una utopía que, sin embargo, no tardó en topar con la dura realidad (recuérdese la colecta que Pablo se ve obligado a organizar: 2 Cor 8, 13). Pero, más allá de esta forma excesiva, debida al entusiasmo de las conversiones y a la voluntad de una ruptura radical para ser hallados dignos de la Cruz de Cristo, la Iglesia percibió que no podía ser el Cuerpo vivo de Cristo si no planteaba de una manera distinta las cuestiones económicas. Compartir es la respuesta cristiana que el ser humano renovado por la fe opone a la voluntad de poder y a la falta de consideración que son propias de los poderosos y los soberbios.

Poner en común significa renunciar a ser dueños absolutos del destino de las cosas; significa aceptar el poder del otro en el uso y la asignación de las mismas. La puesta en común significa reconocer el derecho que el otro tiene sobre mis propios bienes; es asociar al otro a mi existencia y reconocerle derechos sobre ella. Poner en común es abrir para el otro el libro de nuestra existencia, de nuestros logros y de nuestras esperanzas, a fin de que ese otro lo escriba y lo firme con nosotros.

El derecho al desarrollo - al co-desarrollo, por emplear una interesante expresión que la política no ha tardado en hacer obsoleta- es uno de los derechos del otro, y el reconocimiento de este derecho es una de las formas que adopta nuestra opción en favor del compartir. El derecho de todos los habitantes del planeta a una transformación de sus condiciones de vida, a un más amplio espacio de libertad, es un derecho esencial por el que hay que luchar si se quiere que la opción del compartir pueda apoyarse en una dinámica concreta. El compartir que hemos de llevar a cabo nos hacer ser a todos juntos responsables del futuro del planeta, y hemos de reconsiderar nuestras decisiones en esta perspectiva de un patrimonio común de la humanidad que hemos de administrar en medio de contradicciones, por supuesto, pero con una clara visión de nuestros intereses, cada vez más mutuos.

Ese compartir, que manifiesta de manera tan deslumbrante la comunidad de Jerusalén, no es, sin embargo, tan fácil de vivir como parece. El fraude de Ananías (Hch 5) ya lo sugiere, pero el asunto de los diáconos y las viudas (Hch 6) lo pone aún más de relieve. Compartir con las personas de la propia raza es más fácil que hacerlo con quienes pertenecen a una comunidad extranjera. La injusticia se desliza con mucha facilidad en esas distinciones, protecciones y distancias que tomamos con respecto a la universalidad a que se nos invita. Nuestro compartir no siempre es verdaderamente universal, y a veces está al servicio de la creación de una comunidad de «clientes», más que al servicio de la humanidad entera; en tales casos, no son actos de auténtico compartir, sino delimitaciones de territorios acotados, creación de zonas reservadas y tuteladas. Son acciones que no propician precisamente un proceso tendente a ampliar los espacios de libertad.

En nuestra aventura espiritual, el episodio de las viudas helenistas puede ayudarnos, en nuestro compartir y generosidad, a trascender el reducido círculo de «nuestros protegidos» y a dar a nuestros actos una dimensión de universalidad. Desconfiemos de nosotros mismos cuando sólo queremos ayudar a los que conocemos, a los que sabemos lo que van a hacer con nuestra ayuda. Asumamos el riesgo de ayudar a las viudas helenistas que no conocemos en absoluto; y hagámoslo, no con ingenuidad o indiferencia, sino con una actitud de apertura y con una voluntad decidida de no encerrar al otro en el terreno de nuestros códigos y de nuestras connivencias. Esta actitud excluye la doblez, en beneficio de la verdad, y puede suscitar determinadas oposiciones, porque creemos que el otro merece un dignidad, sin complacencia ni conmiseración de ningún tipo.

Compartir es signo de la Iglesia y de la vitalidad de la Palabra; pero Pablo nos advierte: <Aunque repartiera todos mis bienes, [ ... ] si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Cor 13,3). El compartir no es un fin en sí mismo ni puede ser garantía de nuestra salvación. El compartir no es más que un medio, un acercamiento al hermano; por eso requiere un aprendizaje y un reconocimiento del amor. El objetivo del compartir es que el hermano deje de padecer necesidad, que entre él y nosotros se establezca una relación de solidaridad (no una cerrazón forzada o cómplice), para así avanzar juntos hacia el descubrimiento del rostro de Dios para la humanidad emergente. La caridad, que excede el compartir, es la apertura a ese misterio.

Deberíamos meditar constantemente el himno de Pablo «a la caridad» (o al amor) y dejarle que incidiera, haciendo emerger lo mejor de nosotros mismos, en nuestros actos de compartir. Al poner el acento prioritariamente en la caridad, Pablo privilegia la actitud de apertura al otro. El compartir cristiano no es sólo un compartir macro-económico -un reparto más justo o una redistribución socialmente equitativa-; además de eso, es también una fuerte implicación personal capaz de movilizar todas las zonas de nuestra personalidad (inteligencia, voluntad y afecto) para ponerlas al servicio de los hermanos. Es un intercambio de miradas y de ternura entre seres vivos, diferentes pero apasionantes; entre historias que un buen día se han cruzado, aunque sea a través de mediaciones y sin un cara a cara directo: historias cruzadas en nombre de Jesús.

El compartir constituye, por tanto, el paradigma de la presencia de Cristo en la Iglesia y en los proyectos de los hombres en aras de un mundo mejor. La eucaristía repite incansablemente en nuestro tiempo, como utopía en acción, que estamos invitados a compartir el pan y el vino y que, al hacerlo, no sólo hacemos memoria de Cristo muerto y resucitado por la humanidad, sino que además actualizamos su presencia salvífica. El com­partir eucarístico es eficaz: Cristo se hace presente, y la comunidad de los creyentes se constituye, se refuerza y profundiza su experiencia pascual. El compartir es el centro de la experiencia cristiana que se expresa en la eucaristía para gloria de Dios y salvación del mundo.

La eucaristía revivifica y alienta a la Iglesia. Gracias a ese compartir el pan y el vino en la Iglesia, el mundo trasciende todo tipo de fronteras y de lenguas. En el camino de vida por el que aquí abogamos, la eucaristía significa, pues, la posibilidad de vivir una experiencia de construcción de la universalidad. La eucaristía, mediante el compartir, nos abre al universo entero, a todos cuantos cargan hoy con la cruz de la explotación y de la alienación, a todos los que han abierto una brecha, por pequeña que sea, en ese mundo cerrado de la miseria y el subdesarrollo. El compartir eucarístico es apertura al mundo, a la sucesión de las generaciones, al planeta entero. Cristo se da para la multitud.

Del Libro: EL PRÓJIMO LEJANO Autor: Jean-Claude Lavigne

Editorial: Sal Terrae

El 30 de septiembre tuvimos una reunión organizativa en la que comenzamos nuestra andadura. En ella concretamos el libro que vamos a tratar durante el año, los lugares de las visitas que queremos hacer, la forma final del tríptico que está expuesto en esta misma página... Todo ello con mucha ilusión y con las ganas de teneros informados a todos mediante las nuevas tecnologías.

La primera reunión formal la tuvimos el 14 de octubre. El encuentro con los adultos se prolongó y los jóvenes no pudimos tener una reunión por separado pero no nos importó porque nos informamos de algunas de las muchas tareas que llevan a cabo. Lo normal no suele ser esto sino que nos reunimos con los adultos durante 30 minutos en los que oramos todos juntos, nos enriquecemos de sus experiencias en la acción social y nos ponemos al día de todo lo relacionado con la información: encuentros con los mayores, charlas, próximas reuniones, la relación con Cáritas...

Nos ponemos en presencia del Señor por medio de la oración:

 

Fuiste elegida, “la elegida de Dios".

El Señor te inundó de Gracia,

y tú correspondiste como nadie en el mundo

¡Estamos orgullosos de ti!

Tú, mujer y madre,

sabes bien lo que es sufrir,

lo que es duda, incomprensión, cruz...

Sabes los méritos que supone ser fiel.

Ese tu sufrimiento de madre,

la capacidad de comprensión

que da el amor,

-¡nadie amó mas que tú!

la gracia del Padre,

el testimonio de tu Hijo,

te han hecho la madre más madre,

la mujer, la persona humana

con mayor corazón,

con mayor influencia positiva en la historia

después de tu Hijo.

¿Quién va a entender mejor que tú

la lucha por soportar esta vida,

por encontrarle sentido,

por superarse, por servir,

por ser coherentes,

fieles a la conciencia y a la fe...

que llevan muchos?

Tu corazón de madre

mira también con ojos de amor

a tantos hijos, colgados en la cruz

-como los ladrones-

junto al Hijo de tus entrañas.

Los ves perdidos, desesperados...

Y ves a miles de padres

que miran impotentes a sus hijos,

machacados por el hambre,

la enfermedad, la persecución...

en nombre de ideologías,

de intereses oscuros,

¡hasta en nombre de Dios!

Y lloras con otras tantas madres

por los hijos descarriados,

a los que aman tanto y de los que, quizás,

esperan ya tan poco.

Madre de los pequeños,

de los pobres, sencillos y pecadores,

ayúdanos a elevamos con mente y corazón.

Ayúdanos a reconocer la grandeza

que Dios ha puesto en cada uno.

Ayúdanos a decir y a gritar contigo:

“el Señor ha hecho en mí maravillas,

el Señor ha hecho maravillas

en cada uno de mis hermanos"

Alfonso Francia

Nos despedimos hasta el mes de enero. No te olvides: “Para ser feliz, tienes que hacer felices a los demás”.





Grupo de San Francisco (Franciscanos de Granada)
Camino de Ronda nº 65. Granada


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