Lectura: Vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos,
pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces le avisaron: "Tú madre
y tus hermanos están fuera y quieren verte". Él les contestó:
"Mi
madre y mis hermanos son éstos, los que escuchan la
palabra de Dios y la ponen por obra".
Oración:
Señor, primero nos
hiciste a imagen y semejanza tuya,
y luego te haces como
uno de nosotros.
Nos pasamos la vida
queriendo ser como tú,
y tú, queriendo ser
como nosotros: en el sufrir y en el disfrutar.
¡Y vaya que
disfrutarías! ¡Mucho más que nosotros!
Sabías bien el valor y
el encanto de cada cosa.
Y, además, las veías
como obra de tus manos, de tu corazón.
Es que tú lo ves todo,
Señor, con ojos y corazón de enamorado.
¡Qué maravilla, Señor,
los ojos cuando miran,
cuando admiran tanta
belleza!.
¡Pero mucho mayor es
su encanto
cuando captan y
transmiten amor!.
¡Qué ternura, Señor,
tendrían tus ojos,
qué carga de amor
humano
hacia los que querías,
hacia los que preferías!.
¡Qué fuego en la
mirada,
con esa pasión de
amor,
limpio de deseos de
posesión!.
Tu mirada, Señor,
penetra,
pero no domina.
Ni hipnotiza.
Ni ciega.
Sí ilumina, atrae,
anima, reanima, enciende, apasiona...
Hasta quererte,
seguirte, dar la vida por ti.
Estás en toda muestra
de amor sincero,
aplaudiendo,
y en todo amor
adulterado, purificando...
Ojalá, Señor, viejos,
adultos y niños
aprendamos a amar como
tú quieres,
con el alma en el
cuerpo
y con el cuerpo en el
alma,
con todo el corazón,
con toda el alma,
con todas las
fuerzas...
Alfonso Francia
Es un tema tradicional en el vocabulario cristiano. Jesús nos
enseña a compartir, y la Iglesia, siguiendo su ejemplo, nunca ha dejado de
insistir en ello, aún cuando a veces, en la práctica, lo mismo que otras
instituciones, la Iglesia no haya realizado acciones proféticas suficientemente
elocuentes en este sentido. A pesar de todo, la Iglesia ha sabido, a lo largo de
los siglos, organizar la manera de compartir con los más desfavorecidos, crear
instituciones y engendrar grandes santos que han hecho del compartir el lugar
privilegiado de su fe en Jesucristo.
Ya en el Antiguo Testamento, y en particular por influjo de
los profetas, se insiste en la necesidad de compartir y de preocuparse por los
pobres. La verdadera adoración a Dios pasa por dar limosna al pobre y compartir
el pan con los hambrientos (Is 58,7). Ése es el verdadero sacrificio que agrada
a Yahvé. La opresión del pobre es un ultraje al Creador, y ser buenos con los
pobres significa honrar a Dios (Pr 14,31). Estas invitaciones a compartir,
presentes ya en la Antigua Alianza, se amplían con la Nueva y se convierten en
signos del Amor de Dios.
La primera figura que nos presenta el Evangelio de ese
compartir que se nos exige en nombre de la fe, es Juan Bautista (Lc 4,10). Según
Lucas, Juan Bautista afirmaba que para alcanzar la salvación había que
repartir las ropas y los alimentos. Y Jesús insistirá una y otra vez en ello a
los hombres de su tiempo: «Ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres» (Mt
19,21).
El modelo de compartir es el de la comunidad de Jerusalén,
descrita de manera idílica por los Hechos de los Apóstoles: «Nadie llamaba suyos
a sus bienes, sino que todo lo tenían en común» (Hch 4,32). «Todos los
creyentes... lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y
repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,44-45).
Los Hechos de los Apóstoles insisten en este compartir, en
este ponerlo todo en común, como signo del Reino, pero también como alternativa
práctica y cotidiana frente a un mundo de acumulación y de dominación. Y lo
presentan como un signo que invita a la conversión y que arrastra a nuevos
fieles al seguimiento de la Iglesia y de su Cristo.
Los primeros cristianos fueron profundamente conscientes de
que no podían ser discípulos si no ponían en común sus bienes, si no se
establecía entre ellos la justicia y la equidad, si no hacían real una cierta
igualdad. Había en todo ello un aspecto utópico, relacionado con la fe en la
inminencia del final de los tiempos: una utopía que, sin embargo, no tardó en
topar con la dura realidad (recuérdese la colecta que Pablo se ve obligado a
organizar: 2 Cor 8, 13). Pero, más allá de esta forma excesiva, debida al
entusiasmo de las conversiones y a la voluntad de una ruptura radical para ser
hallados dignos de la Cruz de Cristo, la Iglesia percibió que no podía
ser el Cuerpo vivo de Cristo si no planteaba de una manera distinta las
cuestiones económicas. Compartir es la respuesta cristiana que el ser humano
renovado por la fe opone a la voluntad de poder y a la falta de consideración
que son propias de los poderosos y los soberbios.
Poner en común significa renunciar a ser dueños absolutos del
destino de las cosas; significa aceptar el poder del otro en el uso y la
asignación de las mismas. La puesta en común significa reconocer el derecho que
el otro tiene sobre mis propios bienes; es asociar al otro a mi existencia y
reconocerle derechos sobre ella. Poner en común es abrir para el otro el libro
de nuestra existencia, de nuestros logros y de nuestras esperanzas, a fin de que
ese otro lo escriba y lo firme con nosotros.
El derecho al desarrollo - al co-desarrollo, por emplear una
interesante expresión que la política no ha tardado en hacer obsoleta- es uno de
los derechos del otro, y el reconocimiento de este derecho es una de las formas
que adopta nuestra opción en favor del compartir. El derecho de todos los
habitantes del planeta a una transformación de sus condiciones de vida, a un más
amplio espacio de libertad, es un derecho esencial por el que hay que luchar si
se quiere que la opción del compartir pueda apoyarse en una dinámica concreta.
El compartir que hemos de llevar a cabo nos hacer ser a todos juntos
responsables del futuro del planeta, y hemos de reconsiderar nuestras decisiones
en esta perspectiva de un patrimonio común de la humanidad que hemos de
administrar en medio de contradicciones, por supuesto, pero con una clara visión
de nuestros intereses, cada vez más mutuos.
Ese compartir, que manifiesta de manera tan deslumbrante la
comunidad de Jerusalén, no es, sin embargo, tan fácil de vivir como parece. El
fraude de Ananías (Hch 5) ya lo sugiere, pero el asunto de los diáconos y las
viudas (Hch 6) lo pone aún más de relieve. Compartir con las personas de
la propia raza es más fácil que hacerlo con quienes pertenecen a una comunidad
extranjera. La injusticia se desliza con mucha facilidad en esas distinciones,
protecciones y distancias que tomamos con respecto a la universalidad a que se
nos invita. Nuestro compartir no siempre es verdaderamente universal, y a veces
está al servicio de la creación de una comunidad de «clientes», más que al
servicio de la humanidad entera; en tales casos, no son actos de auténtico
compartir, sino delimitaciones de territorios acotados, creación de zonas
reservadas y tuteladas. Son acciones que no propician precisamente un proceso
tendente a ampliar los espacios de libertad.
En nuestra aventura espiritual, el episodio de las viudas
helenistas puede ayudarnos, en nuestro compartir y generosidad, a trascender el
reducido círculo de «nuestros protegidos» y a dar a nuestros actos una dimensión
de universalidad. Desconfiemos de nosotros mismos cuando sólo queremos ayudar a
los que conocemos, a los que sabemos lo que van a hacer con nuestra ayuda.
Asumamos el riesgo de ayudar a las viudas helenistas que no conocemos en
absoluto; y hagámoslo, no con ingenuidad o indiferencia, sino con una actitud de
apertura y con una voluntad decidida de no encerrar al otro en el terreno de
nuestros códigos y de nuestras connivencias. Esta actitud excluye la doblez, en
beneficio de la verdad, y puede suscitar determinadas oposiciones, porque
creemos que el otro merece un dignidad, sin complacencia ni conmiseración de
ningún tipo.
Compartir es signo de la Iglesia y de la vitalidad de la
Palabra; pero Pablo nos advierte: <Aunque repartiera todos mis bienes, [ ... ]
si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Cor 13,3). El compartir no es un fin
en sí mismo ni puede ser garantía de nuestra salvación. El compartir no es más
que un medio, un acercamiento al hermano; por eso requiere un aprendizaje y un
reconocimiento del amor. El objetivo del compartir es que el hermano deje de
padecer necesidad, que entre él y nosotros se establezca una relación de
solidaridad (no una cerrazón forzada o cómplice), para así avanzar juntos hacia
el descubrimiento del rostro de Dios para la humanidad emergente. La caridad,
que excede el compartir, es la apertura a ese misterio.
Deberíamos meditar constantemente el himno de Pablo «a la
caridad» (o al amor) y dejarle que incidiera, haciendo emerger lo mejor de
nosotros mismos, en nuestros actos de compartir. Al poner el acento
prioritariamente en la caridad, Pablo privilegia la actitud de apertura al otro.
El compartir cristiano no es sólo un compartir macro-económico -un reparto más
justo o una redistribución socialmente equitativa-; además de eso, es también
una fuerte implicación personal capaz de movilizar todas las zonas de nuestra
personalidad (inteligencia, voluntad y afecto) para ponerlas al servicio de los
hermanos. Es un intercambio de miradas y de ternura entre seres vivos,
diferentes pero apasionantes; entre historias que un buen día se han cruzado,
aunque sea a través de mediaciones y sin un cara a cara directo: historias
cruzadas en nombre de Jesús.
El compartir constituye, por tanto, el paradigma de la
presencia de Cristo en la Iglesia y en los proyectos de los hombres en aras de
un mundo mejor. La eucaristía repite incansablemente en nuestro tiempo, como
utopía en acción, que estamos invitados a compartir el pan y el vino y que, al
hacerlo, no sólo hacemos memoria de Cristo muerto y resucitado por la humanidad,
sino que además actualizamos su presencia salvífica. El compartir eucarístico
es eficaz: Cristo se hace presente, y la comunidad de los creyentes se
constituye, se refuerza y profundiza su experiencia pascual. El compartir es el
centro de la experiencia cristiana que se expresa en la eucaristía para gloria
de Dios y salvación del mundo.
La eucaristía revivifica y alienta a la Iglesia. Gracias a
ese compartir el pan y el vino en la Iglesia, el mundo trasciende todo tipo de
fronteras y de lenguas. En el camino de vida por el que aquí abogamos, la
eucaristía significa, pues, la posibilidad de vivir una experiencia de
construcción de la universalidad. La eucaristía, mediante el compartir, nos abre
al universo entero, a todos cuantos cargan hoy con la cruz de la explotación y
de la alienación, a todos los que han abierto una brecha, por pequeña que sea,
en ese mundo cerrado de la miseria y el subdesarrollo. El compartir eucarístico
es apertura al mundo, a la sucesión de las generaciones, al planeta entero.
Cristo se da para la multitud.
Del Libro: EL PRÓJIMO LEJANO Autor: Jean-Claude Lavigne
Editorial: Sal Terrae
El 30 de septiembre tuvimos una reunión organizativa en la
que comenzamos nuestra andadura. En ella concretamos el libro que vamos a tratar
durante el año, los lugares de las visitas que queremos hacer, la forma final
del tríptico que está expuesto en esta misma página... Todo ello con mucha
ilusión y con las ganas de teneros informados a todos mediante las nuevas
tecnologías.
La primera reunión formal la tuvimos el 14 de octubre. El
encuentro con los adultos se prolongó y los jóvenes no pudimos tener una reunión
por separado pero no nos importó porque nos informamos de algunas de las muchas
tareas que llevan a cabo. Lo normal no suele ser esto sino que nos reunimos con
los adultos durante 30 minutos en los que oramos todos juntos, nos enriquecemos
de sus experiencias en la acción social y nos ponemos al día de todo lo
relacionado con la información: encuentros con los mayores, charlas, próximas
reuniones, la relación con Cáritas...
Nos ponemos en presencia del Señor por medio de la oración:
Fuiste elegida, “la
elegida de Dios".
El Señor te inundó de
Gracia,
y tú correspondiste
como nadie en el mundo
¡Estamos orgullosos de
ti!
Tú, mujer y madre,
sabes bien lo que es
sufrir,
lo que es duda,
incomprensión, cruz...
Sabes los méritos que
supone ser fiel.
Ese tu sufrimiento de
madre,
la capacidad de
comprensión
que da el amor,
-¡nadie amó mas que
tú!
la gracia del Padre,
el testimonio de tu
Hijo,
te han hecho la madre
más madre,
la mujer, la persona
humana
con mayor corazón,
con mayor influencia
positiva en la historia
después de tu Hijo.
¿Quién va a entender
mejor que tú
la lucha por soportar
esta vida,
por encontrarle
sentido,
por superarse, por
servir,
por ser coherentes,
fieles a la conciencia
y a la fe...
que llevan muchos?
Tu corazón de madre
mira también con ojos
de amor
a tantos hijos,
colgados en la cruz
-como los ladrones-
junto al Hijo de tus
entrañas.
Los ves perdidos,
desesperados...
Y ves a miles de
padres
que miran impotentes a
sus hijos,
machacados por el
hambre,
la enfermedad, la
persecución...
en nombre de
ideologías,
de intereses oscuros,
¡hasta en nombre de
Dios!
Y lloras con otras
tantas madres
por los hijos
descarriados,
a los que aman tanto y
de los que, quizás,
esperan ya tan poco.
Madre de los pequeños,
de los pobres,
sencillos y pecadores,
ayúdanos a elevamos
con mente y corazón.
Ayúdanos a reconocer
la grandeza
que Dios ha puesto en
cada uno.
Ayúdanos a decir y a
gritar contigo:
“el Señor ha hecho en
mí maravillas,
el Señor ha hecho
maravillas
en cada uno de mis
hermanos"
Alfonso Francia
Nos despedimos hasta el mes de enero.
No te olvides: “Para ser feliz, tienes que hacer felices a los demás”.