Si viviéramos una vida de color de rosa, esto significaría que nuestra vida sólo reflejaría las realidades de ese color, mientras que el resto de realidades, incluyendo las que están sombreadas de tristeza, opresión, marginación…, pasarían desapercibidas ante nuestros ojos, cuando, de hecho, son realidades que están llenas de Luz. Por lo tanto, sabiendo que Dios nos ha regalado el don del Espíritu
Santo, más que de color de rosa, nuestra vida, como cristianos, llena de la fuerza de Dios, debiera ser pues reflejo de un amplio espectro de colores vivos y radiantes.