Si viviéramos una vida de color de rosa, esto significaría que nuestra vida sólo reflejaría las realidades de ese color, mientras que el resto de realidades, incluyendo las que están sombreadas de tristeza, opresión, marginación…, pasarían desapercibidas ante nuestros ojos, cuando, de hecho, son realidades que están llenas de Luz. Por lo tanto, sabiendo que Dios nos ha regalado el don del Espíritu
Santo, más que de color de rosa, nuestra vida, como cristianos, llena de la fuerza de Dios, debiera ser pues reflejo de un amplio espectro de colores vivos y radiantes.
Desde luego, donde hay colores hay vida; donde hay vida tiene que haber fruto (1Cor 9,7; 2 Tim 2, 6), y puesto que“el Espíritu nos da vida, sigamos también los pasos del Espíritu” (Gál 5, 25). En Pentecostés, Dios nos regala el don del Espíritu Santo para que despertemos nuestra fe y así podamos manifestarnos con amor, paz, alegría, tolerancia, agrado, lealtad, generosidad, sencillez, dominio de sí (Gál 5, 22), bondad, honradez, sinceridad (Ef 5, 9) rectitud (Flp1,11) y libertad cristiana (2 Cor 3, 17).
¿Hasta que punto somos cristianos auténticos si no tintamos nuestra vida de los colores de Dios y, por el contrario, vivimos apagados por la estética del blanco y
negro? “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 16. 20). Sólolos frutos garantizan la autenticidad de lo verdaderamente cristiano: si discernimos como lo hizo Jesús en su vida, seremos auténticamente cristianos.
Abramos los ojos y observemos, en primer lugar, los colores de la realidad que nos rodea: prestigio, poder, dominación, dinero... En segundo lugar, rompamos con esas tonalidades para, finalmente, colorear de nuevo la Vida con una sensibilidad profunda para denunciar las injusticias que nos rodean, asumir la causa de los pobres, acercarnos a ellos, convivir con ellos, comer con ellos…
Dios se fija en la totalidad de la vida de la persona, tal y como esa vida se expresa en sus actos, en sus obras, en sus frutos.